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CORONA EL AMOR

Llegó, por un lado, siendo avisado, y por otro, casi sin avisar; de un modo en que nadie imaginaba y con unas dimensiones que asustaban. 

Cada vez, pasos más atrás…el pánico se fue apoderando de la ciudad, de todas las ciudades y pueblos, incluso de aquellos/as que parecían intocables. 

Y así fue como se acercó y se incrustó en personas, de todo tipo, de todas las edades, con o sin dolencias, con bolsillos vacíos o llenos, con cargos importantes o sin ellos, de aquí y de allá; infectó a personas porque para el virus, las personas no tienen ni sexo, ni edad, ni nada…El virus es menos discriminatorio que nosotros…

Casi sin tiempo a prepararlo, cada cual tuvo la responsabilidad de abandonar la vida que tenía hasta el momento, dejando de lado planes, ilusiones, sueños…por el momento, al menos. 

Con un dolor enorme en el pecho las distancias entre las personas cada vez eran mayores y obligatorias, ya no se podían dar dos besos, ni apretar las manos, ni hacer una caricia…Incluso a cada rato, cada cual tenía que purificarse a sí mismo. 

Así pues, el ser humano mostró su cara más dulce, respetando normas, acatando responsabilidades, limitando la actividad social, haciendo uso de lo necesario y mirando por el compañero;  pero también su cara más fría, mirando a su propio ombligo, olvidando que viajando el contagio se podía expandir, saliendo a tomar cervezas como tal cosa, abarrotando parques o acaparando en el supermercado con muchísimo más de lo que hace falta. Locura. Rompiendo todas las cadenas de hermandad y humanidad que nos unen.  

Pero es que esto es más que una pandemia, más que una alarma social…Todo esto tiene un trasfondo tan grande, que va a hacer falta mucho más tiempo del que nos espera para superarlo, para sacar las propias conclusiones, para exprimir este enorme aprendizaje.  Y es que este lavado de humildad es mucho mayor que los lavados de manos constantes a los que nos estamos viendo obligados a cumplir. 

Porque con esto nos estamos dando cuenta que cuando un problema llega, eres consciente que antes no tenías casi ninguno, por no decir ninguno. Porque dejas las niñerías de lado. Porque valoras un abrazo a tu hermano, el beso de mamá, o el apretón de manos de papá. La caricia de tu abuela. Recuerdas como hace unos días bailabas a menos de medio metro con tu mejor amiga en esa discoteca que ahora ha echado el cierre. Recuerdas que ya no puedes escribir a tus amigos para ir al bar a tomar un “algo”, ni planear viajes por un tiempo. Que esa playa tendrá que esperar. Que por un tiempo no escucharás el alboroto de los niños en el patio de colegio. Y con angustia, tienes que despedir a tus compañeros cofrades, a tus pasos, al menos por un tiempo, aunque en el fondo sepas que el tiempo ya está perdido…Porque es como si hubieran suspendido el mundo. 

Ahí es ahí donde valoras tanto que tenías, tanto que podías hacer y ya no, por el momento no. Las noticias bombardean, el móvil no lo sueltas. Una peli, un escrito, las 18:00,  un “¿cómo estás?”, un lavado de manos, un café, las 18:50…, otro lavado de manos. 

Y de cara, y de mente. Porque piensas tanto que… piensas en el que huye de una guerra, el que huye de la soledad, el que no se puede quedar en casa porque no tiene casa. Piensas en lo absurdos que a veces somos, cuando hacemos un drama al tener que respetar un mínimo, que ya hubieran querido nuestros antepasados que lo único que se les pidiera fuera eso, permanecer en sus hogares. 

Y entre tanto coronavirus, también corona algo que se llama “amor”, porque esto sí que no se puede perder, pues es el único hilo de esperanza que mantiene unido al ser humano. Amor del personal sanitario, amor de quienes han pasado por esto y ofrecen su mano, amor de quienes van entre una semana y diez días por delante nuestra y nos alarman e intentan proteger como buenos hermanos, amor altruista.

Y por la noche, los rezos son más fuertes, pidiendo por los nuestros, que no nos toque, que el de arriba nos de salud, fuerza y que el bicho se largue pronto. Porque a veces, solo nos acordamos de Dios para pedir, no tanto para agradecer. Y eso también es reprochable. Porque ahí es donde se ve que el ser humano tiene más taras de las que creíamos. 

Aunque sí, lo cierto es que no es momento de reproches, aunque haya cosas que reprochar. Es el momento de unir lazos, dar apoyo y madurar como seres humanos, para que, lo antes posible, esto quede en una pesadilla de la que salgamos fortalecidos. 

Ojalá ahora más que nunca reine ese amor que a veces también se suspende, y ojalá no tenga que llegar ningún virus nuevamente para quitarnos la venda que teníamos en los ojos. 

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                                                                                                                                      C.M.G.

 

 

 

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