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LO QUE TIENES QUE HACER

Lo que tienes que hacer es soltar. Sí, soltar. Dejar ir cada cosa al lugar y tiempo que le corresponde. No pensar en cada detalle pero sí sentir cada detalle.

Lo que tienes que hacer es mirar por ti y cuidarte. Cuidarte mucho. Y luego lo demás… y los demás.

Lo que tienes que hacer es respirar y llenarte los pulmones de amor hacia ti. Te has de dar tu tiempo. Tu espacio.

No te agobies, no merece la pena. Pasará lo que tenga que pasar y no aquello que no tenga que ocurrir.

No compares nada. Cada momento tiene su perfil y sus características. Nada sucede dos veces. Siente. Y respétate porque el respeto queda bonito si empieza por el de uno propio.

No te amargues como el limón. Prueba. Reflexiona. Y si no puede ser, no será.

Pero carga solo con lo que te pertenece porque de otra manera, tu camino se hará pesado, demasiado pesado y no te lo mereces.

Siempre tu verdad por bandera y luego la verdad al resto.

Quiérete porque eres para ello.

C.M.G.

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EL CAMINO

Con el miedo como aliado, me sujeté de la esperanza que vi en aquel momento. Cuando la desesperación inunda tu vida, cualquier pequeña luz es suficiente para confiar y seguir su camino.

Luego, con el tiempo logras ver todo desde otra perspectiva, te haces amiga del miedo y lo enfrentas como mejor puedes.

Caminé por un sendero que me aconsejaron, diciéndome que cuando yo quisiera podría cruzar a otro camino distinto, al de mi origen natural. Y lo creí. Y me fié. (Es uno de mis defectos, confiar). Con el paso del tiempo, aparecieron mis ganas de cambiar de camino al de siempre pero me tropecé y tardé un poco en sanar la herida.

Mejor esperar a más adelante.

Lo volví a intentar más adelante y se me puso una piedra enorme entre ambos caminos. Así pues, decidí continuar por el camino. “Por algo sucedían las cosas, lo intentaré en un tiempo” pensé.

Cuando pasó un tiempo considerable, cuando me sentí fuerte, cuando creí que esa sería la definitiva…comencé a cambiar mis pasos hacia el camino que deseaba. Iba bien. Caminaba los pasos necesarios, había puesto un pie en dicho camino, había introducido un brazo, parte de mi cara también divisaba el nuevo camino. Estaba contenta. A ese ritmo lo iba a conseguir. Claro que sí. Pero cuando tenía puesto el noventa y nueve coma nueve por ciento de mi otro pie allí, me sentí que estaba en el vacío.

Me asusté, lloré, grité. También inhalé. Había hecho un gran esfuerzo por continuar mi vida por dicho camino, no me iba a rendir. Pero las noches se hicieron día y las horas del día se multiplicaron por la eternidad al cubo. Mi energía se estaba esfumando. Mi ánimo estaba disminuyendo. Mi apetito,cerrando. Apenas hablaba, ya no sonreía y mi cuerpo temblaba.

Llamé a quien me dijo que podría cambiar el camino cuando quisiera y su respuesta fue que volviera al camino del que venía. Se lava las manos, pues. Pero no era justo. Nada justo. Me habían dicho que podría cambiar cuando quisiera y ahora…

Ahora no era momento de buscar culpables. Sentía que el suelo de mis sueños se caía a pedazos y tuve que regresar al camino que detestaba. Pedí ayuda a otra persona. Continúo en ese camino aunque hayan pasado los años y ahora, que me estoy despojando de ciertas necesidades me vuelven a vender productos para mis pies que ofrecen como las alas que te ayuden a emigrar pero que en realidad solo son plantas de pie que a medida que camines se fijan al suelo. Lo sé. Ahora sí. No voy a rendirme aunque me cueste lo que no esté escrito, no voy a rendirme aunque me cueste dar la vuelta al mundo hasta encontrar la mano que me sujete en la flaqueza de regresar al lugar de origen, a ese camino de donde no tenía que haber salido. Si no fuera por los enormes obstáculos que se presentaron.

C.M.G.